Asia o continente asiático es el continente
más extenso y poblado de la Tierra
que, con cerca de 44 millones de km², supone el 8,70% del total de la
superficie terrestre y el 29,45% de las tierras emergidas y, con
4.200.000.000 de habitantes, el 60% de la población mundial. Se extiende
sobre la mitad oriental del hemisferio Norte, desde el océano Glacial Ártico, al norte, hasta el océano Índico, al sur. Limita, al oeste, con
los montes Urales, y al este, con el océano Pacífico.
En la división convencional de continentes, de origen europeo, Asia y
Europa
aparecen como dos entidades diferentes por razones culturales e
históricas. En términos geográficos, forman en realidad un único
continente, llamado Eurasia. Además, África
está unida a Eurasia por el canal
de Suez por lo que también se puede considerar toda la extensión
conjunta de Europa, Asia y África como un único supercontinente,
ocasionalmente denominado Eurafrasia,
o Afro-eurasia.
La
transferencia de poder de Occidente a Oriente se está realizando a un
ritmo
acelerado y el contexto en que tienen lugar los retos internacionales
pronto
cambiará notablemente, así como los retos mismos. Muchos en Occidente ya
son
conscientes de la creciente fortaleza de Asia. Sin embargo, el hecho de
que sean
conscientes no quiere decir que estén preparados. Y ahí está el peligro:
que los
países occidentales repitan sus errores del pasado.
Los
cambios más importantes de poder entre estados, por no mencionar las
regiones,
ocurren con poca frecuencia y muy rara vez de manera pacífica. A
principios del
siglo XX, el orden imperial y los estados en ciernes de Alemania y Japón
no
lograron ajustarse entre sí. El conflicto así generado devastó grandes
partes
del planeta.
Hoy la transformación del sistema internacional será aún mayor y
requerirá que se asimilen tradiciones políticas y culturales
marcadamente
diferentes. Esta vez son los superpoblados estados asiáticos los que
buscan
desempeñar un papel más destacado. Como Japón y Alemania en aquel
entonces,
estas potencias emergentes son nacionalistas, buscan reparaciones de los
agravios del pasado y quieren exigir una buena posición en el panorama
mundial.
El creciente poder económico de Asia se está convirtiendo en mayor poder
político y militar, lo que incrementa el peligro potencial de
conflictos. En la
región, los puntos de mayor riesgo de hostilidades —Taiwán, la península
de
Corea y la Cachemira dividida— han desafiado cualquier solución
pacífica.
Cualquiera de ellos podría detonar una guerra de gran escala que haría
parecer a
las actuales confrontaciones de medio Oriente meras operaciones
policíacas. En
breve, lo que está en juego en Asia es de enormes proporciones y exigirá
de
Occidente toda su capacidad de adaptación.
Hoy,
China es la potencia en ascenso más obvia. Pero no está sola: India y
otros
estados asiáticos ostentan tasas de crecimiento que podrían
aventajar a lasa de
los países occidentales mas importantes en las décadas por venir. La
economía de
China crece a más de 90/o al año, la de India, a 80 o, y los “tigres”
del
Sudeste Asiático se han recuperado de la crisis financiera de 1997 y han
reanudado su marcha hacia adelante. Se espera que la economía china
duplique la
de Alemania para 2010 y dé alcance a la de Japón, hoy día la segunda más
grande
del mundo, para 2020. Si India sostiene un crecimiento de 60 o durante
50 años,
como lo creen posible algunos analistas financieros, igualará o superará
a la de
China en ese lapso.
No
obstante, es probable que el extraordinario ascenso económico de China
continúe
durante varias décadas; es decir, si puede salir airosa de los tremendos
trastornos causados por el rápido crecimiento, como son la migración
interna de
las áreas rurales a las urbanas, los elevados niveles de desempleo, la
enorme
deuda bancaria y la corrupción imperante. En estos momentos, China está
enfrentando una prueba crucial en su transición hacia la economía de
mercado.
Experimenta alzas inflacionarias, burbujas en la propiedad inmobiliaria e
insuficientes recursos básicos como petróleo, agua, electricidad y
acero.
Beijing está restringiendo la oferta de dinero y los préstamos bancarios
grandes, a la vez que continúa esforzándose por limpiar a fondo el
frágil sector bancario. También acaba de elevar el valor de su moneda,
fijada al
dólar, para abatir el costo de las importaciones. Si esos intentos de
enfriar la
economía de China —que es mucho mayor y más descentralizada de lo que
era hace
10 años, cuando se mantuvo sobrecalentada— no funcionan, la economía
podría
derrumbarse.